Surfear se parece bastante a vivir. Y es que uno hace surf del mismo modo en que vive…

Hace poco hice surf. Yo y 47 alumnos de 15 ó 16 años. Y bastante tenía con manejarme mínimamente en el agua y no hacer demasiado el ridículo. Pero aun así, tuve tiempo de mirar a mi alrededor, no pude evitar observar lo que estaba sucediendo en torno a mí. Y se me ocurrió pensar que el surf es como la vida; es más, no hay diferencia entre el surf y la vida. Uno hace surf igual que vive.

En un primer momento nos tenemos que preparar, nos ponemos en manos de unas personas expertas, que nos explican, y nos dan un traje bastante incómodo en el que nos cuesta bastante enfundarnos. Y aquí ya se ve quién es cada uno, quién pide ayuda a la mínima, quién se queja, quién presta ayuda aunque no se la pidan, quién da gracias y quién no.  Y esto no es más que la preparación, del mismo modo que de pequeños hacemos acopio de destrezas, aprendemos a hablar, a andar, a leer, a relacionarnos en el parque, y ya vamos mostrando quiénes somos…o lo vamos aprendiendo.

A continuación hay que ir a la playa y practicar en seco, sobre la arena, todos los movimientos que vas a tener que realizar más tarde dentro del agua, y hay que repetir los gestos que se supone que te ayudarán cuando estés ya en el mar, de igual modo que en el colegio, el instituto e incluso en la universidad, aprendemos conocimientos que se supone que nos han de servir en el futuro.

Pero qué diferente es entrar en el mar y tratar de recordar todo aquello que aprendimos. Y aplicarlo, ponerlo en práctica.

Lo importante, al final, es saber…saber que es un juego, o darse cuenta de que ya no es un juego pero que es genial tomárselo como si lo fuera, y que esa es tu verdadera elección. Saber que aunque no hayas podido escoger la tabla, el día soleado o nublado, ni el tamaño de las olas ni la fuerza del mar lo que sí que puedes elegir es cómo enfrentarte a esas olas.

Y esa forma tuya es lo que te hace único. Porque eres único, lo sepas o no.

En primer lugar puedes elegir enfrentarte a las olas o no hacerlo, puedes esperar en la orilla, observando a los demás, analizando, criticando incluso, tal y como tantos recorren sus días sin atreverse a tener sueños, observando a otros que sí luchan, sí intentan. O puedes elegir atreverte, arriesgarte, ser osada.

Una vez en el agua es posible que sientas miedo, algo que sin duda no puedes elegir, más bien el miedo te elige a ti, te invade; sin embargo sí que puedes elegir continuar en el mar a pesar de todo o huir de él.

Convivir con tus miedos, decidiéndote a actuar a pesar de todo, es un gran aprendizaje.

Y si crees que eres el único que tiene miedo, te recomiendo que la próxima vez que alces la vista mires alrededor; porque todos los que te rodean tienen sus miedos, todos diferentes, miedo a ahogarse, miedo a hacerse daño, miedo a hacer daño a otros, miedo a no ser capaces de aprender jamás, miedo a pasarlo mal, miedo a hacer el ridículo.

Identifica tu miedo y hazte su amigo, al fin y al cabo vais a estar juntos mucho tiempo.

Y decide si quieres surfear o contemplar desde la arena cómo otros lo hacen, cómo otros viven.

Algunos aprovechan cada ola mientras que otros dejan pasar una y otra y otra ola y otra más…esperando el momento perfecto, la ola adecuada, algo que parece no llegar nunca. Hay quien intenta levantarse sobre la tabla una vez y otra, se concentran, se centran, persisten, convencidos de que es posible hacerlo, de que tarde o temprano lo harán. Y hay quien desiste tras un puñado de intentos. Hay quien se enfada con las olas, con la tabla, los culpa de sus caídas, siempre debidas a causas externas. Mientras que otros…bueno, otros sonríen cada vez que se caen, revolcados por las olas, y se descubren en cada caída, se retan, se fuerzan a seguir intentándolo porque eso es vivir, ponerse a prueba, atreverse, soñar, intentarlo, porque sí, porque saben que la otra opción es irse a la orilla y estar en la orilla es no vivir, y no vivir es aún peor que estar muerto.

Y al final da un poco igual las olas que hayas podido surfear, al final lo único que cuenta es cuántas veces hayas sido capaz de sonreír  y de levantarte de nuevo.

Cada día es una ola, y en cada día tú eliges cómo hacer surf con tu vida.

Y eliges cómo compartir el mar con los demás, porque hasta los que tienen más éxito con el surf necesitan compartirlo, gritarle a los demás ‘eh ¿me viste?’. Porque ¿de qué nos sirve el éxito si no podemos compartirlo con nadie?

Por eso escúchame bien: las decisiones mayores, las más importantes, y las más difíciles también, son aquellas que atañen a aquellos con los que elegimos surfear, con los que elegimos compartir los días y las  olas.

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Y yo os agradezco, mis alumnos, mis maestros, que hayamos podido compartir este pedazo de mar.

Marta Alba