Marta Alba – Coach para Adolescentes

“Me encanta poner un espejo delante de mis alumnos para que vean lo grandes que son, para que puedan contemplar sus grandes alas también.”

 

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Soy Marta Alba Pereda, Licenciada en INEF y Doctora en Educación, escritora, Coach, profesora de Educación Secundaria a tiempo completo.

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También soy corredora y soñadora, todo al mismo tiempo, lo compatibilizo bien.

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Soy una apasionada de la educación, obsesiva tal vez, me acuerdo de mis alumnos los fines de semana, durante el verano, me gusta echarles de menos en vacaciones…aunque a veces en algunas clases los eche de más (sonrisa).

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Escribo para ellos. Me encanta hablarles. Probé a escribir para adultos pero ___________________ ¿ves? No me sale ni una sola palabra.

En fin, yo soy Marta Alba Pereda.

Pero lo que soy no cabe en ese nombre, soy cada paso que doy y cada uno de mis gestos. Soy luz y sombra, muchas contradicciones, kilotones de sueños. Yo suelo decir que uno es lo que es en su peor momento, y de esos, de malos momentos he tenido unos cuantos, claro, natural. Y es en esas ocasiones, en las que el viento sopla tan fuerte que parece que va a derribarte (tú también has tenido de estos ¿verdad?), en las que he tenido mucha suerte y me han pasado cosas ‘mágicas’ que me han hecho despegar. Sí, despegar, como los aviones, que precisamente se elevan con el viento de cara. Esas cosas mágicas han sido personas que me han ayudado, encuentros providenciales, libros que me han proporcionado el consejo perfecto, la clave, la piedra Rosetta. Soy el resultado de toda esa magia. Yo no hice casi nada, sólo seguir respirando y abrir bien los ojos, estar atenta.

Y aquí sigo, con los ojos como platos, dando clase cada día. Sin cansarme de ponerme cada mañana frente a cientos de adolescentes. Qué poco hemos cambiado a lo largo de los siglos ¿no crees?. Qué grandes los problemas en esa etapa de la vida ¿verdad? Para mí la más difícil. Me cerré herméticamente. Definitivamente. Rápidamente. Y tuvieron que pasar lustros para que decidiera revertir ese hecho. Poco a poco esta vez, nada de grandes velocidades, a lo largo de un proceso lento y a menudo doloroso. Fui quitándome capas, derribando muros, dejando el alma en carne viva.
Pero he aprendido tanto en el camino. Tanto…

Aprendí a seguir a mi corazón y estudiar lo que me hacía vibrar, así que entré en el INEF de Madrid y cinco años más tarde acabé mi licenciatura en Educación Física. Seguí estudiando hasta que acabé un Doctorado en Educación, y descubrí que eso no me hacía ni más sabia ni mejor profesora, y que ni siquiera conseguía acallar mi sentimiento de inferioridad acuñado en la infancia, cuando creyeron, y acabé creyendo, que no valía para estudiar. Practiqué una de las disciplinas más duras del atletismo, 400 metros vallas, para demostrar y demostrarme que no era la niña anémica y debilucha que siempre me habían considerado, viaje miles de kilómetros a lomos de mi bicicleta para dejar claro que era fuerte, que era valiente, que era intrépida. Di clases en la universidad en honor a mis padres, que creían en la educación, en la Educación, y se dejaron la piel para que yo estudiara, en honor a mis abuelos. Sonreí orgullosa al leer mi nombre en la puerta del despacho.

Y no entendía.

No entendía por qué seguía ese vacío ahí. Qué más gestas, qué más logros debía conseguir para acallar esa voz que me decía ‘eres pequeña’, ‘no vales nada’.

Como un Quijote moderno me formé como coach, para dar otra vuelta de tuerca a mi formación, ampliar miras, llegar más lejos, “ayudar” más, ser más valiosa.

No contaba con que eso me llevaría al colapso. Tuve la gran suerte de venirme abajo. Y la gran valentía de abrir los ojos por completo y atreverme a contemplar mis ruinas. Reconstruírme, deconstruírme y vuelta a empezar. No soy nada de la que era. No sé quién soy. Pero sé qué soy. Soy esa gran fuerza que me ha traído hasta aquí, ese hálito, ese impulso, esa electricidad. Soy gratitud, hacia la vida y hacia mí. Y soy corazón. De nuevo. Ese corazón es el que retomó su pasión, la escritura, olvidada, silenciada, contenida, desde el año 2000. La misma voz que me susurraba las palabras. Yo sólo tecleaba. Y así escribí el libro que me hubiera gustado leer de adolescente, escribí para mí. Sigo escribiendo cada día, casi ninguna de las palabras que brotan serán jamás leídas por nadie, pero el torrente no cesa. Y algunas de esas palabras acabarán en tus manos o en las de alguien que conozcas… y tal vez, sólo tal vez, sean la magia que te tome de la mano, el empujón que necesitas, la mirada amorosa que te acaricie.

Déjame que te hable. Tengo tantas cosas bellas que contarte de ti…

Gracias.

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